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“Querido/a…”

“Hola … “…

¡Qué ilusión me ha hecho siempre recibir cartas! Ya fuese de gente que hacía tiempo no veía, como de mis amigas del instituto a las que veía todos los días y hacía apenas unas horas que nos habíamos separado.

¡Por no hablar de los Christmas! Tan iguales que me parecen ahora y tan distintos que me parecían antes. Siempre creyendo que estaban elegidos para mí por ser yo, como yo hacía con cada uno que mandaba en función de a quién fuese…

¡ Y esas postales que llegaban en verano!, de esos amigos y amigas que nos mostraban cómo se acordaban de nosotros desde sus sitios de veraneo, ya fuese la playa o el pueblo de sus abuelos…  y que hacían que marcharte de vacaciones supusiese una visita previa al estanco por si luego no había sellos en el lugar de veraneo…

Puedo recordar el momento de abrir el buzón o que subiese mi madre con el correo y dijese que habías recibido algo a tu nombre… ese pequeño ritual de abrir, si era carta, sin que se rompiese más que lo mínimo el sobre, y sentarte a leer esas letras, a las que ponías voz en tu cabeza…  y entonces a preparar la respuesta para enviarla de nuevo. Según la persona en papel blanco, o en papel de colores, con bolígrafo azul ,o de colores… Ahí plasmabas tus sentimientos, ya alegrías, ya penas, de infancia, y las más de adolescencia…

Es curioso, releer de nuevo esas cartas recibidas y encontrarte a través de ellas con la realidad de aquellos años que tienes quizás un poco dormida.

De pronto te das cuenta de gente que ha ido desapareciendo de tu lado y que parecía que la necesitases como el aire para respirar en aquellos momentos. Cuya amistad parecía irremplazable, irrompible. Esas amistades que poco a poco se fueron enfriando, distanciando y hasta olvidando.

¡Ay! Esas amistades de verano que cuando volvías a casa parecía que te iban a volver loca con su ausencia tras haber compartido en apenas diez días “toda tu vida”. Nombres que al leerlos en un sobre te traen mil recuerdos a la cabeza. Sensaciones que viviste se reavivan por unos segundos. Los suficientes para hacerte sonreír y traer al presente un trozo de ti.

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Y entonces me encuentro pensando en la cantidad de cartas electrónicas que escribo ahora a amigos, y que recibo en contestación, y que quizás se pierdan en este espacio 2.0. En esos post del blog que hago, en los de otros que comento… en esos tweets diarios… Letras que no sé si se podrán recuperar dentro de unos años para traer a mi memoria a tanta gente apreciada y querida en estos momentos, ¿tantas sensaciones y emociones compartidas se quedarán perdidas y olvidadas en el limbo 2.0? ¿ Qué debería hacer para en unos años revivir momentos y sentimientos? ¿Imprimir cada correo personal recibido? ¿ Hacer copias de seguridad de los posts del blog y los comentarios a cada uno de ellos?

No quiero perder esa ilusión de recordar esos pequeños momentos al sentarme entre material antiguo cada vez que recoloque un armario. Y temo olvidar lo que he vivido en estos años de la llamada “era digital”.

Quiero, el día de mañana poder sentarme y leer esto que ahora tecleo, porque mi pasado me pertenece, porque mi pasado quiero que se haga algún día presente.

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Al mirar un bebé fácilmente notamos una cascada de sentimientos en nuestro interior. Ese pequeño ser parece tan completo y pleno y a la vez tan frágil que hace que se despierte en nosotros un sentimiento protector increíble, y de unas dimensiones inimaginables si además es tu propio hijo.

Pero esa fragilidad no es sólo exclusiva de los recién nacidos, de los bebés, de los niños, de los enfermos, de los ancianos… Ni mucho menos.

Según nos vamos haciendo mayores, vamos tomando conciencia de que nosotros también somos frágiles. Que ese adulto que parece tan resuelto y tan seguro de todo tiene pequeñas fisuras que lo hacen sentir frágil en muchos momentos de su vida, aunque no todos lo vean.

En el caso de las madres, el baile de hormonas durante el embarazo y en la fase de postparto, hace que nos volvamos en muchas ocasiones más frágiles de lo que los que nos rodean nos ven. Es cierto.

Pero con independencia de ese momento vital de la maternidad en nuestras vidas, cualquiera tiene épocas más altas o bajas de ánimo en el camino de su existencia.

El problema es manifestar esa fragilidad sin caer en la lástima, sin tener que mendigar un poco de atención, sin que piensen que es porque estás pasando una etapa “a”, “b” o “c”.

No todos estamos preparados psicológicamente para mostrarnos “débiles” ante el que está en frente nuestro. Ya sea porque hemos creado una imagen a nuestro alrededor de todoterrenos que pueden con todo pase lo que pase, pese a quien le pese, ya sea porque nadie nos quiere ver flojear porque eso haría tambalearse muchas situaciones que sacamos adelante.

Pero nadie puede con todo. Hay que aceptarlo. Todos necesitamos algún momento que otro bajar la guardia, notarnos arropados, protegidos, que tiran de nosotros, porque somos frágiles, y tenemos derecho a que nos acurruquen, nos protejan, nos den la mano. Tenemos derecho a sentirnos cansados, superados, tristes, agobiados… porque, repito,somos frágiles.

Sí, yo soy frágil, y pese a que me cuesta aceptar mis limitaciones en ocasiones, quiero contarlo, expresarlo, para tomar mayor conciencia de ello y tratar de aprender a reclamar esa atención que necesito y a la vez tratar de aprender a identificar las señales que los demás me lanzan cuando son ellos, sois vosotros, los que se sienten así: FRAGILES.

 

 

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Siempre me han parecido curiosos los días señalados para conmemorar algo, porque el día del cumpleaños o aniversario, está claro que lo que se conmemora ese día es especial y único de ese día, pero los días dedicados a enfermedades, movimientos, etc… se me hacen más complicados de justificar, por qué ese día y no otro… Cierto es que muchos de ellos es porque ese día comenzó o tuvo lugar algo muy significativo respecto a ese acto celebrado.

En el caso de la  Semana Mundial de la Lactancia Materna nos tenemos que remontar a 1992 cuando fue instaurada oficialmente por la OMS/UNICEF . Desde entonces cada año ha tenido una serie de motivaciones para dar a conocer la importancia de la misma en este mundo que nos envuelve actualmente. Ver . Y aquí es curioso porque existe el día y la semana. Es cierto que es lo suficientemente importante para necesitar atención a esos niveles, aunque sería interesante que estuviese tan instaurada y respetada que no hiciese falta casi ni celebrarlo.

Es cierto que la experiencia de la lactancia es única. Y eso no debe olvidarse. El momento de tener un bebé en brazos, notar su respiración, ver cómo mueve la carita en la succión, es algo inolvidable. Hay madres y padres que lo pueden vivir y disfrutar vía lactancia artificial, y hay madres que lo disfrutamos  vía lactancia materna.

Me gustaría señalar que para mí ambos tipos de lactancia son y deberían de ser respetados, y aunque hoy este post es para conmemorar  la lactancia materna, no debemos olvidar el resto de lactancias existentes y no englobadas aquí porque detrás de ellas hay historias de todo tipo, y algunas con mucho sentimiento de culpabilidad detrás que, la verdad, como madre, no me habría gustado experimentar, porque ¿qué padres no querrían lo mejor para su bebé?

La lactancia materna, como he comentado, tiene ese halo de magia, o quizás debería decir de complicidad, en la relación mamá-bebé. Desde la postura, que en la mayoría de los casos lleva a un momento relax, hasta el convencimiento de que esa criatura  está siendo alimentada del modo más natural posible, sin nada artificial de por medio, con un alimento  a una temperatura perfecta;  pero también la lactancia materna tiene momentos duros hasta que se instaura y se nota al bebé siempre calmado tras la toma y hasta que esos pechos se acostumbran a esa succión continua y dejan de estar irritados, porque por más que se lea, se corrijan posturas y se consulte, hay unos días o semanas malos, o por desgracia eso es lo que he vivido yo en mí misma y mi alrededor. Pero es cierto que una vez instaurada es una gozada disfrutar de ella.

Yo he optado por ahora, en mis maternidades pasadas, por la lactancia materna en exclusiva hasta los cuatro meses, momento en que me he tenido que incorporar a trabajar, y mixta hasta cerca de los nueve meses. En esos momentos, parecieron cansarse de mamar. No sé cuál fue el motivo, pero lo cierto es que al ir introduciendo alimentos el pecho dejó de parecerles tan interesante y lo rechazaron. No sé cómo me irá esta tercera vez, lo que sí tengo claro es que he sido afortunada porque mis peques me han ayudado a llevarla a cabo y me han hecho sacar fuerzas de dónde creía no las tenía en esos momentos de irritaciones, grietas y dolores que pensé que no se podrían superar.

Esta es mi pequeña contribución para que todo bebé y toda mamá pueda tener opción al derecho de mamar, por una lactancia materna respetada instaurada y aceptada por la sociedad.

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Como bien sabéis, soy madre, esposa y muchas cosas más, entre ellas ciudadana.

En estos momentos, y desde que nací, soy y he sido ciudadana española.

Nací en la época de la democracia, vale, viví algunos días en la época anterior a ésta, pero todos mis recuerdos son “demócratas”.

Crecí con expresiones como “libertad“, “igualdad“, “derechos“, “libertad de pensamiento y expresión“.

  • Fui libre para poder estudiar lo que quise, con mi esfuerzo y trabajo, poder casarme con quien quise por el rito que yo elegí…
  • Tuve la posibilidad de ejercitar una igualdad de género que teóricamente me permitía optar a unos estudios con independencia de ser mujer, cosa que pocas generaciones antes no era posible…
  • Tuve la suerte de poseer los mismos derechos que los varones para contratar, comprar, votar,… en fin decidir sobre mi vida.
  • Podía pensar y manifestar, con respeto y educación lo que opinaba sobre asuntos políticos, religiosos, sociales… y podía optar a leer y escuchar prensa varia porque existía una libertad de expresión. una libertad de prensa.

Escuchar a mis abuelos hablar de un bando u otro de la Guerra Civil, se me hacía algo tan lejano.

Oír como mi madre y la gente de su generación tenían que pedir permiso y obtener autorización de sus padres o maridos para realizar cosas tan sencillas como compras de electrodomésticos o aperturar una cuenta en el banco me producía cierta risa nerviosa, me parecía cómico e increíble.

Y ahora, unos 35 años después, parece que ciertas cosas se tambalean.

Poco a poco, estamos volviendo a una sociedad que tiene miedo. Que se empieza a encerrar sobre sí misma.

Las nuevas medidas anunciadas por el Gobierno empiezan a ponernos nerviosos, seamos o no funcionarios, trabajemos o no en la función pública, porque seamos realistas: cuando las barbas de tu vecino veas cortar…

La subida del IVA nos va a afectar a todos. Seamos realistas, por mucho que pueda afectar a las empresas, cuanto más repercutan, más se podrán deducir, porque no olvidemos que el IVA grava al consumidor final, sí, a nosotros, ciudadanos de a pie. Si antes algo tenía una base de 100, pagábamos 118 y ahora pagaremos 121 ( considerando un tipo del 18% que pasa al 21%). El ingreso en la cuenta de resultados del empresario seguirá siendo de 100, pero a Hacienda le ingresará 21 en vez de 18, y a su vez, cuando el empresario compre algo de una base imponible de 80 por lo que antes pagaba 94,40 ahora pagará 96,8. Por tanto el resultado del empresario es el mismo 100-80. Con independencia de que su tesorería pueda cambiar al tener que hacer ciertos ingresos por las liquidaciones de IVA.

Por otro lado nos dicen que van a quitar la paga extra de navidad a funcionarios, a reducir los días de libre disposición de estos, a reducir el número de delegados sindicales en entidades públicas, reducciones en cotizaciones sociales, en prestaciones por desempleo a partir de un determinado período, cambios en los pagos fraccionados del impuesto de sociedades, eliminación de deducciones por inversión en vivienda nueva, etc…

Pero nadie habla de tocar esas rentas vitalicias que ciertos excargos políticos poseen. Vamos a hacer las cosas de un modo poco serio para no variar: vamos a recortar a muchos los ingresos, en vez de recortarles muchos ingresos a unos pocos. Si una familia puede pasar con apenas 1.200 euros al mes, no deberían nuestros políticos revisar cuáles son sus ingresos mensuales reales y poner una banda que no se pudiese rebasar ni con dietas ni suplementos y dar ejemplo de una vez por todas.

Las medidas aprobadas por el Gobierno deberían hacer funcionar de nuevo la rueda de esta economía. Las medidas que nos proponen deberían hacernos confiar en ellos. Pero es complicado cuando vemos que tras anunciarlas hay risas y sonrisas. ¿ No deberían de estar  preocupados por la reacción de la ciudadanía? ¿ No deberían estar agobiados por si no dan los resultados deseados, o incluso si los dan por si hay demasiados daños “colaterales” por el camino?

Pienso en que con estas medidas, todos los que tenemos la suerte de tener un trabajo vamos a tratar de asirnos a él a cualquier precio. Porque gracias a ese miedo, ya llevamos, al menos en el sector privado en que me muevo, varios años sin subidas de salarios pero con subidas de tareas a realizar ante los puestos amortizados o ante las nuevas necesidades de la empresa.Y éstas se asumen dedicando más tiempo que el establecido en nuestro contrato, ampliando las jornadas laborales ante el temor a ser despedidos. Y ello redunda y redundará en menor tiempo para nosotros, para nuestras familias. Y en una pérdida gradual de ciertos derechos laborales que se habían ido consiguiendo y que poco a poco se van aparcando y abandonando, porque al final cada uno piensa en su familia, sus hijos, en que “en casa hay bocas que alimentar”.

Y a todo esto nos viene a la mente una expresión ” estado del bienestar” y pensamos qué hicimos tan mal para acabar aquí. Cómo es posible haber tenido una vida de trabajo y esfuerzo y vernos ahora así, temerosos de no poder conservar nuestros trabajos, temerosos de no poder dar a nuestras familias, a nuestros hijos, el tiempo, la comida, los estudios, el ocio que consideramos quieren y se merecen.

Y pienso en:

  • cómo vamos a hacer para poder educar a nuestros hijos y dedicarles nuestro tiempo si a la vez tenemos que ser más productivos haciendo más horas de trabajo, pienso en hasta qué punto las medidas conciliadoras existentes hasta la fecha van a durar, van a seguir existiendo, y quiénes van a poder permitirse ejercerlas.
  • cómo se va a proteger la maternidad en esta sociedad con un índice de natalidad tan bajo con unas condiciones tan poco favorecedoras para ser mujer-madre-trabajadora.
  • cómo se va a fomentar  una paternidad corresponsable cuando los derechos de los padres no se pueden ejercer sin sufrir posteriores represalias laborales
  • cómo vamos a mantener la ilusión para trabajar por y para nuestra sociedad cuando miramos hacia atrás y nos toca pagar los excesos que han hecho los demás.

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Apenas ha pasado poco más de un mes y no dejo de darle vueltas a la siguiente afirmación “ Tú eres la que vas a tu ritmo”.

Leída así, sin más contexto, puede parecer que soy una pasota de la vida, que hago las cosas cuando quiero, a mi aire, sin tener en cuenta las pautas de esta sociedad, de mi familia, del trabajo…  Vamos,  que sea el contexto que sea,  parece una actitud negativa por mi parte.

Sin embargo, en el contexto que tuvo lugar, me dio por echarme a reír junto con mi marido, en el momento en que el ser que las había pronunciado se marchó.

Bueno, os sitúo.

Hace apenas un mes, tuve a mi tercera hija en la misma maternidad que a las dos anteriores, aunque he de decir que desde que naciesen la primera y la segunda, hasta ahora, las cosas han cambiado bastante allí. Ahora siguen el protocolo al nacer de piel con piel y, a diferencia de las otras veces, según salió al exterior mi princesa me la pusieron encima y allí estuvo salvo apenas unos minutos… Recuerdo salir del paritorio con ella cogidita en brazos, bajo la sabána, conmigo… bueno, esto sería tema de otro post.

La verdad es que las matronas de la preparación al parto y la que me atendió el mismom, eran muy prolactancia materna y como yo iba concienciada como en los otros dos a darle el pecho, pues todo perfecto, todo iba a ser más sencillo y relajado que la primera vez… pero me equivocaba, menos mal que como he dicho es la tercera.

A diferencia de con la primera, que era cada tres horas la pauta, aunque debo confesar que he llegado a la conclusión que al final siempre lo he hecho a demanda, con ésta tenía claro que adiós relojes, y como las matronas habían también comentado que esto era lo más indicado para la peque nada más nacer, pues ahí estaba yo cada vez que la peque pedía, con el pecho a su servicio…

Pero claro, no caí yo, con que una cosa es lo que piensa e indica la matrona, la pediatra, y otra la que dan por hecho y tratan de imponer las enfermeras y auxiliares de turno, porque no todas son prolactancia, y de las que lo son , no todas lo son de a demanda… y entre las que son de la escuela de las tres horas, y las que no lo son,… pues bueno, a estos grupos desde luego no les gusta que nadie venga a trastocar sus horarios de baños, de mediciones, de tomas de temperatura, de curas , de recogidas de bandeja, etc…

Todo empezó, porque la primera mañana preguntaron por la frecuencia de heces y micciones de la peque. Pues bien, en cada toma, contesté. Después vinieron a lavarme y yo estaba con la peque al pecho: “ pero bueno, esta niña estaba cuando te miré la temperatura y otra vez la tienes, no ha pasado ni una hora, tú  verás acabarás por hacerte grietas, es cada tres horas, no te acuerdas?”… y bueno, así , comentarios varios, tanto por enfermeras como por auxilires…  Pero por la tarde-noche  ya fue la gota que colmó el vaso: “ ¿ ha hecho la niña deposiciones y miccionado a las tres, a las seis, a las nueve?”  a lo que mirándole con cara de qué me estás contando, contesté: “ Pues a esas horas no sé, pero cada vez que la he cambiado tras el pecho sí”, y ella replicó “ Ah! Ya! Que tú eres la que vas a tu ritmo” .

En aquel momento me reí. Y aún ahora al recordarlo me sonrío. Pero pienso en lo mal que lo pasé de primeriza con tantos comentarios tan cruzados, con tantas dudas, tan perdida como me encontraba, y lo siento por el resto de primerizas que lo pasarán tan mal como lo pasé yo.

Esta vez sabía que la leche me tardaría en subir. Sabía que un bebé se cansa de mamar y se duerme y al ratito se despierta aunque no hayan pasado tres horas, y vuelve a mamar, a cansarse y dormirse… al menos mis tres bebés han sido así. Sé que en mi caso un biberón de refuerzo, después de ponerla al pecho, dentro de las primeras cuarenta y ocho horas no echa por tierra la lactancia materna…

Pero claro, todo esto lo sé porque YO VOY A MI RITMO!

Y también sé que es fácil opinar sin pararse a cuestionar el efecto que eso puede tener en el de enfrente. Y en el caso de las madres y padres primerizos, tiene un efecto devastador. Porque por muchas ilusiones que se tengan puestas en el bebé que llega a este mundo, de pronto entran dudas, miedos, temores, inseguridades… al tener ese pequeño a tu cuidado ya para siempre; y cuando ves que el personal con el que compartes las primeras horas de vida de tu hijo tiene actitudes y opiniones dispares, eso hace que aumenten aquellas. Imagino que esto es herencia de las distintas corrientes en neonatología que han existido en los últimos años, y que en breve, todo el personal sanitario tenderá a la misma filosofía y se unificarán criterios dentro de los hospitales y clínicas.

Lo espero por el bien de todos aquellos “primerizos” que seguirán siempre existiendo.

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¡Qué sencillo parece todo cuando le ocurre al de enfrente!

¡Qué fácil y clara es la opción a seguir cuando es otro el que tiene que dar el paso!

En estos días de tanto lío interior y exterior, me cuesta tomar decisiones, porque de pronto cada una de ellas parece no tener fin en cuanto a alternativas. Parece que todo llevase a un proceso largo e inacabable, con cientos de variables que apreciar y valorar, y claro eso acaba agotando…y a veces hasta casi paralizando, haciendo que me plantee la misma cosa una y otra vez, pero sin terminar de ponerla en marcha, sintiendo que se me van las energías dándole vueltas a los mismos asuntos, ¡y no estamos para derrochar energía, que cuesta mucho acumularla!

 

Pero ya sabemos que:

–         la vida está llena de buenos propósitos en esos momentos que podemos sentarnos y pensar, que lo complicado es luego ponerlos en práctica porque el día a día nos come con su inercia.

–         en ocasiones ese paso necesita de mucha voluntad nuestra pero también de un poco de apoyo del pequeño mundo que nos rodea, ya sea familiar, ya sea laboral, ya sea social, y no siempre se tiene la humildad para pedir ese apoyo o ayuda.

Así que aquí estoy a ver si soy capaz con un poco de reflexión y tranquilidad de poner en orden todo eso que tengo que hacer, quiera o no, para organizarlo por prioridades reales y/o fechas; para ver si de una vez por todas esto empieza a tomar forma antes de que sea demasiado tarde debido a ese pequeño ciclón que está por llegar y va a tratar de poner todo patas arriba de nuevo, porque temo llegue antes de lo previsto y me pille sin los deberes bien hechos.

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El día a día de una persona es muy diferente en función de la situación vital en que cada uno nos encontramos, del punto de planeta habitado y de  la cultura que nos rodea… y de muchas más variables, por supuesto.

Al tratar de buscar un punto de partida común, es cierto que resulta una labor compleja.

En ocasiones leemos, o escuchamos, un montón de conceptos como bienestar, calidad de vida, conciliación, realización personal, igualdad… Asimilarlos en nuestro día a día como persona, es harto difícil y, como no, subjetivo.

No podemos evitar compararnos con la gente que consideramos que está en una situación vital similar a la nuestra. Pero a nivel familiar? A nivel laboral? A nivel personal? Y por qué no: a nivel emocional?

Tenemos personalidades tan complejas que, una misma persona, dependiendo del estado vital en que se encuentre los conceptos antes mencionados los puede vivir de distinto modo.

Se me viene a la cabeza una madre recién estrenada. Que no deja de recordar todas esas cosas leídas y/o escuchadas en clases de preparación al parto, o vía consejos de sus mayores, amigas “experimentadas”, etc. Y de pronto su cuerpo con un desequilibrio hormonal tremendo, sintiendo que no da para más, con las 24 horas del día que son un mini bucle que nunca acaba, y pensando que no vale para eso… No se plantea ni bienestar, ni calidad de vida, ni conciliar, ni mucho menos realización personal gracias a esa maternidad que está disfrutando; si acaso, se plantea la igualdad pensando que dónde queda esa igualdad que la hace estar todo el día en una contrarreloj intensa por sacar un minuto para una ducha, para quitarse esos malos pelos de la ceja o tener un segundo para hacer una llamada a ese mundo exterior que sabe que existe, y recuerda haber visto a otras mamis y papis que disfrutan cambiando pañales, o yendo a la compra o saliendo a tomar un café para pegarse unas risas… y en seguida un sentimiento de culpa porque no está dando masajes a su pequeño, por no estar disfrutando al máximo de esos primeros momentos de su bebé, por no tener fuerzas para llegar a la puerta de casa para dar un paseo… sólo deseando que llegue su pareja para compartir esa angustia y responsabilidad y sentir que aunque no iguales, sí comparten ciertos miedos e inseguridades.

Otro flash: una madre de mediana edad. Con esos hijos preadolescentes, de apenas 8-10 años. Ha conseguido mantenerse en el puesto de trabajo que tenía antes de ser madre, pero las cosas han cambiado: esa menor disposición a horarios interminables, a esas reuniones a horas tardías, acaban pasando factura. Piensa en el bienestar que ese trabajo permite mantener a su familia, aunque sabe que no vive con calidad de vida porque levantarse a las 6.30 de la mañana y llegar no antes de las 17.30-18.00 a la casa, no es calidad de vida. Se siente afortunada porque por lo general no tiene que trabajar por las tardes fuera de casa y puede compartir ese tiempo con sus hijos para ayudar en deberes, para escuchar todas esas cosas que se van soltando sin más en una merienda, un recoger un libro… esa preocupación, ese agobio que a ciertas edades son un mundo y sólo la edad, la experiencia y la distancia nos hacen relativizar. Al pensar en la conciliación, su cerebro empieza a bullir. No cree estar conciliando. O si lo que hace es conciliar, no le da la paz que ella cree que debería tener. La igualdad ni siquiera se para a cuestionarla. Igualdad respecto a quién? Respecto a qué? Sólo sabe que es relativamente feliz porque aunque va todo el día corriendo la mayoría de ellos puede estar con sus hijos en casa a una hora prudencial. No es quizás la casa que ella habría pensado al imaginar su calidad de vida y bienestar años anteriores,  pero es su hogar.

¿Podría ser esta mujer la misma? ¿Podría ser esta mujer alguien que conozcas? ¿Podrías ser, o haber sido, esta mujer tú, tu madre, tu hermana, tu amiga, tu prima…?

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